Noviembre 2014 - Escrito que guardaba en borrador. 

No sé qué espero. He tenido tanto tiempo para escribir que no sé si sea demasiado tarde o demasiado pronto hacerlo ahora. No sé que espero, creo que sigo esperando la sorpresa de encontrarlo una vez más entre tanta gente. Necesito sentir una última vez que lo he visto, no se imagina la falta que me hace.

No tengo más opción que escribir esta pequeña historia para no enloquecer.

Él estaba en el mundo para sentirse diferente al resto. Ni me pregunten cómo porque ni yo sé. Era de esas personas que andaban por ahí, con la fiel pretensión de absolutamente nada. Intentaba encontrarse cada día, y cada día se perdía más mientras caminaba, fumaba y lloraba. Yo lo vi unas doce veces para ser exacta.

Una vez al mes.
Un mes al año.
Un año a la vida.
No lo vi más.

A las diez de la noche, del 4 de Febrero llegó. Se sentó en la silla del paradero de bus. Sacó un pequeño cuaderno y antes de escribir, encendió un cigarrillo. De lejos parecía un hombre alto. Llevaba un gabán negro, una bufanda vino tinto, unas botas militares y un jean ajustado y roto. Su cabello ondulado cortado en capas le llegaba a los hombros. Llevaba una mochila café y muchos sueños rotos. Llevaba una mirada perdida que delataba su falta de sueño, al parecer aquél hombre tampoco dormía al igual que yo.

Después de verlo la primera vez, quedé con la necesidad de volverlo a ver, así él no supiera que yo estaba allí. Lo espere unas cinco noches y no volvió, hasta el siguiente mes. El cuarto día del mes de Marzo estaba de nuevo al frente de mi ventana.

Yo vivía en el tercer piso de un edificio bastante viejo sobre la carrera séptima. Al frente de ese edificio estaba aquél paradero de bus tan significativo para mi, pues fue el único lugar dónde lo vi.

Hola ¿Cómo estás? Le pregunté en silencio y él se puso a llorar, mientras escribía y fumaba. Esa vez no fumó uno, ni dos cigarrillos, fue casi toda la cajetilla. Sorprendente, como un hombre puede respirar tanto dolor en una noche. No se oía nada, solo se veían caer sus lagrimas en el cuaderno. Solo se veían sus manos recorrer su cara para no dejar rastro de sus pensamientos hechos agua. Esa noche llovió.

El cuatro de Abril, trajo una flor consigo. Se sentó en el paradero, no sacó su cuaderno sino que rayó el asiento de metal en el que se encontraba sentado. Dejó la flor y se fue. Esa vez no duro nuestro encuentro, y digo nuestro por mi parte, porque ya se estaba volviendo costumbre. Esa noche unas dos horas después de verlo, decidí bajar rápidamente a la calle a mirar lo que había hecho. El asiento decía : "Sé que estás ahí, no sé cómo ni porqué, pero sé que lo estás"  Recogí la flor y regresé a mi habitación.

Pensé esa noche en lo extraño que era ese sujeto. En lo extraño que era el que un hombre apareciera de vez en cuando al frente de mi ventana. En lo extraño que era ni saber su nombre. En lo extraño que era el hecho de que me causara tanta curiosidad.


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