Una hoja de centro
Me resulta imposible dirigirme a ti sin un tono nostálgico.
Todo tu ser, me lleva a un sin fin de emociones, una inexplicable sensación se
apodera de mi cada vez que te veo. Y sé que si te viera a diario no
sentiría lo mismo, y es por eso que cuando estamos distantes me urge escribir
para no olvidarte.
Nos conocimos hace muchos años, y siempre me has visto
con esos ojos de melancolía que me atrapan. Siempre has sido gris y misterioso.
Sucio, lleno de historias que aún no me has contado. Lleno de historias que
esconden tus casas y tus vidrios rotos, tu cementerio, tus iglesias, tus prostitutas y estudiantes. Tus indigentes y
magistrados de las altas cortes. Tus muertos y tus vivos. Mis pasos atraviesan
tu ser buscando más. Siempre deseo saber más de ti. Porque desde que te
recuerdo y hasta el fin de mis días estaré rendida a tu particular belleza.
¿Qué puedo decir de ti? Te conozco hace tanto.
No estoy segura del lugar exacto donde comienzas
y terminas, para mi eres infinito. Estás más allá del norte desde la calle 26
donde las personas interponen una barrera imaginaria en la que suponen que
hacia el norte todo es más bello y hacia el sur, después de la Plaza de Bolívar
no hay nada. Le temen a tu occidente, por la calle 22, y hacía el oriente de la
Avenida Caracas solo se atreven a visitar el centro histórico. Eres más.
¿Recuerdas aquella vez en que me perdí por
tus calles, en busca del “chorro” sin saber muy bien a donde ir? Solo observaba
pares de zapatos colgando de los cables de la luz, en medio de una calle vacía
adornada de casitas viejas y coloridas. La única vez que me perdí en ti, en
ese lugar al que llamas candelaria.
Me enseñaste a amar las bibliotecas, los
museos, el teatro y el cine. A los libros que se esconden en almacenes pequeños
por la calle 14 debajo de la séptima. A las rebajas en San Victorino de toda
clase de artículos, porque aquello que no se encuentra en ti, no se encuentra
en ningún lado. Me enseñaste a caminar rápido por la décima, a no perderme
entre la multitud de personas que caminan por la trece. A escuchar música en la
Tadeo o en tus calles llenas de vendedores con altavoces. A encontrar tesoros valiosos
en el mercado de las pulgas. A entender que tu noche no es tan peligrosa cuando
vas con amigos y te sientas en el parque Santander a ver a las personas pasar. A
refugiarme en ti cada vez que me siento triste y a buscar contigo, las
respuestas que no puedo hallar yo sola.
Pero lo más valioso que me has enseñado,
es el valor de la persona. En tus calles no importa quién eres. Alto o bajito.
Feo o bonito. No importa de dónde vienes ni a dónde quieres ir. Lo importante
es que eres persona.
En ti, es el único lugar donde puedo ser
tan auténtica como quiera. Soy yo sin miedo, y te lo agradezco.
En ti es el único
lugar, donde suceden cosas que cambian la historia de una nación y las revives
cada vez que cruzas sus calles.
¿Ves? Eres más que un lugar, eres el centro, pero no cualquier centro. Eres el centro de mi amada Bogotá.
Con amor.
Edith Hurtado.
Comentarios
Publicar un comentario