El viaje de Helena
Hace unos cuantos meses me encontré con Helena. La sentí algo extraña, ví en sus ojos un brillo diferente, como si fuera otra persona dentro de un mismo cuerpo. Me llené de curiosidad y decidí hablar con ella. Esto fue lo que me contó:
Una noche, de esas en las que las personas no pueden dormir, Helena tuvo
el presentimiento de que nada iba a ser como antes. Estaba muy oscuro, era luna
menguante, a solo un día de llegar a nueva. Bueno, al parecer solo será el
final de algo y el inicio de un nuevo ciclo -pensó-. Se sentó en el borde de su
cama y mientras su mente se llenaba de recuerdos, se le inundaron los ojos de
lágrimas. Era algo así como si su vida hubiese pasado frente a sus ojos, -me
decía- algo así como si estuviera muriendo. Sí, era algo así como una luna
menguante.
Se sentía ahogada, angustiada, perdida. Su corazón latía más rápido que
de costumbre, y su respiración no la dejaba concentrarse. Ante tal situación
decidió actuar, porque era evidente que algo no estaba bien. Decidió ir a su
biblioteca y sacar de allí sus cartas, libros y películas favoritas,
fotografías, cuadernos, todo aquello que le pudiera indicar un camino. Acomodó
estas cosas en el piso y como si fuera un juego de pistas, empezó a observar
elemento por elemento, en búsqueda de alguna señal. ¿Cuál señal? Lo sabría al
encontrarla.
Pensé que era algo de una noche, -me dijo- pero no. Después de haber
pasado días y noches revisando su archivo, se dio cuenta que aún faltaban
piezas en su rompecabezas. No todo estaba archivado, necesitaba buscar fuera de
ella.
Al pasar los días decidió visitar a sus padres, y en sus historias
recolectó otras pistas. Fue con sus hermanos, primos, amigos y les hizo unas
cuantas preguntas a ver si podría encontrar eso que le faltaba. Al regresar a
casa puso toda esta información en el piso, pero aún parecía
insuficiente.
¿Dónde podré encontrar las respuestas que necesito? exclamó, necesito
una señal, no puedo vivir con esta sensación por siempre, no me puedo morir sin
saber de qué se trata todo esto.
Se arrodilló en el piso pidiendo una señal divina, y sorprendentemente
apareció una voz interna que le dijo que las respuestas estaban dentro de
ella. Después de tanto buscar por fuera, lo que debía hacer era explorar
aquellos lugares que nunca había querido ver de frente y a profundidad.
¿Y cómo llegaste a esos lugares? Le pregunté. No fue tarea fácil, me
respondió. Tuve que bajar hasta mi propio infierno, una cueva oscura, llena de
lava y tristeza. Me tocó ver mi reflejo en el río de fuego, ver todo el odio y
desprecio que me tenía, ver mis heridas sangrando por los latigazos que me daba
todo el tiempo por no ser perfecta. Ví las cuerdas con que me amarré a mi árbol
familiar y la pañoleta con la que tapé mi boca para jamás cuestionar lo que me
habían enseñado.
Ví a un sujeto enorme y oscuro que me miraba fijamente y entendí que era
el miedo, porque el brillo de sus ojos me paralizó. Solo quería huir de allí,
pero me había tomado tanto tiempo y tanto esfuerzo llegar hasta allá, que debía
enfrentarlo. Ese señor era enorme, porque lo había alimentado durante toda mi
vida con mis lágrimas, le había permitido silenciarme, le había permitido hacer
conmigo lo que quisiera. Debía enfrentarlo porque ese miedo que construí me
negó muchas oportunidades, me bloqueó la posibilidad de vivir mi propia vida.
Me hizo complacer a todas las personas menos a mí misma. Me alejó de personas
que quise mucho y me hizo odiar a otras por ser lo que yo no me permitía ser.
El miedo no me dejó equivocarme, y ese dolor que sentía por dentro de no ser
suficiente, se exteriorizó, se transformó en palabras que no podía decir, en
lágrimas "sin sentido" en rabia reprimida, en el cuchillo que terminó
lastimando a personas que nada tenían que ver con ese sentimiento.
Me acerqué a él lentamente, con muchas lágrimas en los ojos, le dije con
la voz quebrada que no más, que no quería seguir viviendo así, que no podíamos
seguir viviendo así. De repente este sujeto se transformó en una pequeña niña,
era yo de pequeña, vestida con un hermoso vestido rosado y dos colitas. Nos
abrazamos lloramos, lloramos y lloramos. Ella estaba muy herida y yo también.
La ví a los ojos -que eran mis ojos- y le dije que todo estaría bien, que jamás
la iba a abandonar de nuevo, que no iba a permitir que nada malo le
pasara.
Helena la tomó de la mano y la guio hacía un lugar "seguro"
dentro de ese gran infierno. Habló con ella y se sorprendió de todo lo que le
contó. Le contó de dónde habían nacido tantas inseguridades, como había
percibido ella la relación con sus padres, descubrió que habian muchas cosas que no sabía y que la familia "perfecta" definitivamente no existe. Que al parecer nada de lo que creía era real -para ella-, significativo,
importante, porque eran las creencias de otros. En esa conversación Helena se dio
cuenta que ese mundo había sido creado por esta pequeña niña con una
imaginación sorprendente. Y en sus manos, pensamiento, alma y corazón estaba
cambiarlo.
¿Y qué hiciste entonces? Le pregunté. Me di cuenta que esta pequeña niña
me podría ayudar a entender el rompecabezas que tenía en el suelo de mi
habitación, así que la saqué de allí y la llevé a mi casa por unos días.
Mientras jugábamos descubrimos que aunque nos negábamos profundamente a ser
egocéntricas, finalmente todo se trataba de nosotras. Cualquier situación nos
la tomábamos personal, porque el centro éramos nosotras. Todo se trataba de lo
que sentíamos o pensábamos. Nos dimos cuenta que en el intento por negar el
ego, terminamos siendo eso que tanto odiábamos.
Leímos sobre feminismo y descubrimos un montón de comportamientos
sociales que habíamos omitido por completo, descubrimos al famoso patriarcado y
cómo habíamos creído al pie de la letra su discurso, aplicando sin dudarlo la
misoginia y muchas cosas más. Reconocimos a nuestros grandes maestros y
maestras de la vida. Pudimos entender sus enseñanzas mucho tiempo después, pero
las aprendimos. Entendimos el
valor de la palabra junto a la acción.
Fuimos al mar y entendimos el poder del agua. Reconocimos nuestra
emoción, y logramos diferenciar nuestros sentimientos para no resumirlos todos
en lágrimas y malas caras. Conocimos a un gran sujeto que nos enseñó sobre
inteligencia emocional, a dirigir esa gran masa de agua de la mejor manera
posible. Comprendimos que no podemos controlar lo que los otros hacen - o
nos hacen- sino cómo reaccionamos nosotras a ese comportamiento.
Descubrimos también el poder de nuestra palabra y no como aquella que va
previa a una acción, sino la que es consecuencia de la acción, la que viene
después de un gran aprendizaje. No nos habíamos dado cuenta que nuestras
palabras eran medicina para muchas personas, algo así como un abrazo, nos
dijeron por ahí.
Esos días que Helena iba a pasar con su niña interior, se convirtieron
en un año y unos cuantos meses de un constante aprendizaje. Hasta que Helena decidió que ya era hora
de llevar de nuevo a esta pequeña niña a su hogar. Se sumergieron en lo
profundo de su ser y no pudieron hallar el infierno del cuál la había sacado.
Este espacio ya no era un fuego incontrolable sino una cueva fría y solitaria.
Decidieron entonces decorarla, llenarla de plantitas, de velas para dar calor y
luz. Pusieron cuadros y muebles para que esta niña pudiera vivir cómoda, la
llenaron de colores. Prendieron incienso, cocinaron muchos pastelitos de
chocolate. Hicieron mermelada de frutos rojos y congelaron bastante helado de
vainilla. Construyeron un hogar. Llevaron allí también todas las fotos, cartas
y recuerdos de Helena y los guardaron en un hermoso cofre morado.
Nos abrazamos antes de despedirnos -esta vez no lloramos- sino que
sonreímos porque entendimos que todo lo que había sido un gran infierno lo construimos
juntas, y juntas lo transformamos.
Helena regresó a su realidad con la certeza de haber construido un bello hogar
interior. Si en algún momento las velas que pusieron se volteaban y creaba un
incendio, su pequeña niña ya tendría más y mejores herramientas para controlarlo.
Por ahora estoy tranquila -dijo- el odio que sentía por aquellos que no
lo merecían, desapareció. La culpa que sentía por haber sido humana,
desapareció. Aquellas amistades que ya no están caminando junto a mí, tal vez
pronto desaparezcan o se transformen. El miedo... aún existe, pero ahora es una
niña, a la que debo alentar a seguir siendo valiente.
Helena siempre supo que a partir de esa noche nada iba a seguir siento
como antes, pero jamás imaginó que de esa manera. Todo ese camino de
autoconocimiento la llevó a un gran viaje, del cuál tal vez nunca regrese.
¿Sabes de qué estoy segura? dijo. De que me reencontraré con los que se han
ido, en algún aeropuerto espiritual, en algún café, en esta vida o en la otra y
podremos compartir todo aquello que hemos aprendido.
Cuando ví a Helena tan diferente, sabía que debía preguntarle qué le
había pasado... y su gran historia solo me llena de paz, de esperanza, de
emoción. Estamos a puertas de un gran cambio, de dimensión, de era astrológica,
de lo que sea. Y el cambio de Helena me enseña que tal vez no necesitamos una fecha,
pero si la determinación de que cuando se esté a vísperas de un cambio, este se
debe afrontar con un caparazón duro y tenazas, como los cangrejos; o tal vez
como los dragones, que están siempre en modo de espera y su acción implica la
muerte o el nacimiento de un nuevo orden. No lo sé. Ya ni sé qué estoy
diciendo.
Gracias por leer.
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